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sábado, 23 de noviembre de 2013

Patriotas

Por Ernesto Tenembaum

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En voz baja, en los ascensores, en algunos pasillos, los compañeros me preguntaban: ¿pero estos, cuándo se van? Después, cuando me los cruzaba en un despacho ni levantaban la vista para que los jefes no los acusaran de haberme mirado. Ese fue el régimen de terror en el que viven los trabajadores”.

El miércoles por la mañana, la matemática Marcela Almeyda describía de esa manera lo que pasó en el Indec desde enero de 2007, cuando Guillermo Moreno intervino el instituto y empezó, junto a un red de funcionarios y sindicalistas cómplices, una de las peores historias de estos años, por orden naturalmente del mismo poder político que ahora decidió prescindir de sus servicios premiándolo con un exilio dorado.

Almeyda era la encargada del Índice de Precios al Consumidor, el famoso IPC, hasta que Moreno irrumpió con gente armada en el instituto. Ella, junto a Cinthia Pok, Graciela Bevacqua y otros trabajadores y sindicalistas decidieron que no debía haber impunidad para este tipo de atropello y decidieron pelearla, desde la absoluta intemperie que sufre un trabajador cuando es desplazado de esta manera por el poder, en todos los frentes. Demandaron ante la Justicia, marcharon en la calle, testimoniaron en los medios y en el Congreso, hablaron ante audiencias minúsculas o más numerosas, donde y cuando quisieran o se animaran a escucharlos.

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La caída de Moreno es una historia política importante pero esconde una aún más trascendente, al menos en opinión de quien escribe estas líneas, y que refleja el poder de quien no tiene poder, si es persistente, tenaz y valiente como lo fueron estas mujeres que el martes recibieron emocionadas la información de que Moreno se iba del país.

Cualquiera que conozca de cerca esa pelea, como tantas otras, lo sabe: es difícil resistir a una patota de esta naturaleza. Nadie se quiere meter: miran para abajo cuando te acercás. El poder siempre da la impresión de ser eterno. Las personas que resisten pasan por momentos de enorme soledad y aislamiento. Sus problemas son sólo suyos, que se arreglen. Los viejos amigos se alejan, compañeros de toda la vida no hablan para defenderte, y es impresionante la manera en que personas insospechables van adoptando lentamente el lenguaje del patotero: no es tan grave, la vida sigue, cómo molestan con temas personales, es que están deprimidos, enojados, despechados.

Además, en casos como estos, siempre hay colegas, quiero decir, periodistas dispuestos a difundir cualquier miseria con tal de quedar bien con la patota o, peor, porque hay causas más importantes que no deben reparar en temas menores como aprietes, mentiras, amenazas o despidos. Son, por ejemplo, los que deslizaban que los trabajadores que resistían a la patota estaban arreglados con “las consultoras” sin ofrecer una sola prueba de semejante infamia.

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Es posible imaginar el desprecio que les debe haber generado a esos laburantes ver a Moreno pavonearse por la televisión pública, elogiado por sus periodistas, sin que nadie se atreviera siquiera a insinuar una pregunta sobre las patoteadas, porque era un héroe, alguien demonizado –eso decían– por los medios hegemónicos, un patriota incansable, como lo definió el miércoles Aníbal Fernández, otro patriota incansable.

–Dale, Guillote, explicanos cómo va a funcionar el blanqueo, vos que sabés de todo.

–Bárbaro. Mirá lo que te digo: hasta los argentinos van a querer ver a su suegra de tan contentos que van a estar.

–Jajajá, Guillote, sos tan gracioso y tan didáctico. Con razón no te invitan más seguido a la televisión y te demonizan.

No está claro cómo quedará la estructura de poder del Indec ni qué pasará con la patota de funcionarios, sindicalistas y barrabravas que lo inundó, muchas veces, a punta de pistola. Será una de las primeras pruebas para evaluar, como mínimo, la humanidad del nuevo ministro de Economía: ¿convalidará a las patotas o a las personas que resistieron con integridad este disparate?, ¿a los burócratas o a los científicos honestos, íntegros e idóneos que jamás hubieran negado a tres de cada cuatro pobres que existen en el país o difundido que en la Argentina se puede comer con 6 pesos por día?

Los técnicos del Indec que resistieron el matonismo y que el martes celebraban con emoción la caída del jefe de los matones protagonizaron una historia que, realmente, los excede. No trataba sólo sobre el Indec. Cuando una persona sin poder decide resistir un atropello, y lo hace durante mucho tiempo, y encima sobrevive a su victimario, eso es, sencillamente, un ejemplo de que es posible hacerlo: con todo el costo personal del mundo, con todas las dificultades e incertidumbre, son gestos que quedan marcados en muchos otros que están mirando y dudan y entonces, quizá, duden un poco menos. El viernes, sin ir más lejos, gran parte de los trabajadores del tren Sarmiento exhibirán uniformes pidiendo Justicia para la tragedia de Once, resistiendo las presiones del ministro de Transporte que no quiere ni oír hablar del tema.

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Es muy triste, en este contexto, que algunos jóvenes repitan que Moreno es un patriota y esas cosas sin hacer ni el más mínimo análisis de sus métodos ni tampoco de los resultados de sus políticas fallidas. Es la juventud que supieron conseguir: ni una crítica, ni un planteo, ni siquiera ante las peores miserias. Sólo saben cerrar filas. Por eso, quizá, tantos otros jóvenes empiezan a buscar caminos distintos, como se vio en las últimas elecciones.

Luego de treinta años de democracia, la sociedad argentina muestra una y otra vez que tiene recursos para disputar aun las decisiones más necias de los distintos poderes, el político entre ellos. Uno de esos recursos, por suerte, es una prensa muy activa que tiene actores para todos los gustos. Hubo periodistas que en estos años difundieron con tenacidad y sin retroceder –no importa las difamaciones de las que eran objeto– las patoteadas del Indec, la corrupción en el ámbito ferroviario, la humillación a la que se sometía diariamente a la gente para viajar antes y después de las tragedias, las declaraciones juradas, las condiciones en que fue asesinado Mariano Ferreyra, los nombres de los múltiples muertos por represión o por patotas vinculadas al poder, los hechos de connivencia con empresas poderosísimas, entre otros, del propio Guillermo Moreno. Esos canales sirvieron, una vez más, para que las víctimas de este hombre tuvieran canales donde expresarse.

Entre ellos figura el trabajo de Gustavo Noriega, un colega que escribió un libro sobre la lucha de sus compañeros del Indec, donde él había trabajado. El día que lo presentó, en la Feria del Libro, una patota interrumpió el acto a sillazos: eran barrabravas contratados por el Indec. Curiosamente, tantos intelectuales, artistas y periodistas que firman solicitadas para un barrido o un fregado, no sintieron que era necesario repudiar semejante ignominia.

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Los muchos kirchneristas que se sienten aliviados por el desplazamiento del patriota incansable deberían analizar si el modelo de periodismo que promueve el Gobierno favoreció a la patota o a los trabajadores que la resistían.

El Gobierno no dejará de presionar a empresarios por el hecho de que se vaya Moreno: quizás ahora lo haga incluso con más eficiencia y criterio. Además, los empresarios son tan mansitos: mientras los laburantes del Indec resistían, ellos temblaban ante Moreno, se postraban ante él, y se dejaban gritonear. No es por eso que Moreno era criticado. Esa era la excusa.

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A muchos les gusta hablar de grandes causas, procesos históricos, contradicciones principales y secundarias. Muchas veces, lo hacen para tapar pequeñas o grandes miserias como estas.

Las pequeñas historias personales de resistencia dejan marcas que, quizá, sean más importantes en la vida de personas. Gente común que cierto día, como le sale, traza una línea: hasta acá, de acá no pasan. Así de sencillo. Así de conmovedor.

@
http://veintitres.infonews.com/nota-7862-politica-Patriotas.html
http://hombresderadio.blogspot.com.ar/2008/03/ernesto-tenembaum-ni-en-chiste-soy.html
http://patriotaargentino.blogspot.com.ar/
http://www.infonews.com/autores/24/ernesto++tenembaum/
http://www.lapoliticaonline.com/noticias/val/87962/moreno-arma-su-propia-tropa-y-le-hace-sombra-la-campora.html

viernes, 8 de noviembre de 2013

Magdalena, en el país de no me acuerdo

Por Ernesto Tenembaum

Jueves 07 de Noviembre de 2013

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Es una pena que no se haya inventado aún la manera de añadirle audio a una revista porque, entre otras cosas, usted podría escuchar la voz de ambas, mucho más jóvenes. Se trata de un archivo conmovedor de la transición democrática: Magdalena Ruiz Guiñazú conversa con Hebe Pastor de Bonafini en marzo de 1984. Le da espacio para que denuncie que los canales del oficialismo se resisten a darles espacio a las Madres de Plaza de Mayo y editorializa con énfasis a favor de que ello suceda.

Búsquelo: con teclear “Bonafini Ruiz Guiñazú” en YouTube, aparece en segundos. “Nadie en el país puede dejar de saber lo que significan los pañuelos blancos”, dice MRG.



Sobre el final de la nota, Hebe de Bonafini pide agregar algo. Su voz suena nítida y agradecida.

–Siempre recordamos con mucho afecto que usted, como mujer, fue de las primeras que habló de las Madres por la radio. Eso no lo olvidamos nunca.


Magdalena, en ese 1984, integraba la Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas, que había conformado el gobierno de Raúl Alfonsín para producir un informe sobre la represión ilegal y que produjera el mítico libro Nunca Más. Era tiempos difíciles: no denunciaba a la dictadura treinta años después ni se golpeaba el pecho, sino que aportaba su trabajo riguroso y valiente para denunciar los crímenes cuando el poder militar aún existía y tantos, pero tantos, se borraban. Luego de eso denunció como periodista las leyes de punto final y obediencia debida, y posteriormente el indulto de Carlos Saúl Menem, con cuyo gobierno nunca tuvo relación alguna. En los años noventa, Ruiz Guiñazú firmó todas las declaraciones en solidaridad con los periodistas que eran querellados por la gestión menemista y dio lugar en su programa de radio a todas las denuncias de corrupción contra el régimen de esos años.

En mi casa, cuando yo era pibe, me despertaba sobresaltado porque mis viejos escuchaban su programa en un volumen, digamos, bastante alto. Por eso, escuché las veces que mencionaba la existencia de desaparecidos. Es algo que aún, tantos años después, me estremece. Conozco tanto periodista menor que teme decir palabras de más para no perder un auspicio de dos mil pesos, tanto periodista militante que no se atreve a formular una pregunta de más cuando le ponen un ministro enfrente: no imagino cómo alguien tuvo la valentía de decir esas cosas por radio siendo la madre de cinco hijos muy pequeños. Eduardo Aliverti compartía el estudio de Magdalena: pregúntenle a él qué hizo ella durante la dictadura.

Muchos años después, me tocó trabajar un año con ella. Me sorprendí cuando, un día, entré a una librería y su dueña me dijo: “Mi hermana está desaparecida. Yo no estoy muy de acuerdo con Magdalena. Pero no puedo dejar de escucharla. Porque durante la dictadura, mi mamá le mandó una carta y ella la leyó al aire. Nadie nos daba bolilla. Se nos cerraban todas las puertas. Y ella, sin conocernos, leyó lo que nos pasaba”.

Hay un episodio más. En el año 2007, el programa Televisión Registrada fue censurado en el canal América, donde se emitía desde su creación. El episodio generó un repudio generalizado, que se expresó en el programa Almorzando con Mirtha Legrand, donde tanto la anfitriona como Magdalena Ruiz Guiñazú reprocharon duramente la decisión al funcionario del canal que estaba presente. Otra de las figuras del espectáculo que estuvo especialmente solidaria fue Susana Giménez, quien invitó a su influyente ciclo a los conductores del envío censurado, Gabriel Schultz y Sebastián Wainraich, y además, dijo “qué huevos, Diego”, mirando hacia detrás de cámaras, donde presumiblemente estaba el empresario que ideó TVR. Magdalena. Mirtha Legrand y Susana serían blancos habituales, años después, del mismo programa con que se solidarizaron cuando estaba en problemas. TVR, por entonces, fue recibido inmediatamente en Canal 13 del Grupo Clarín, y sería tan furiosamente antikirchnerista allí como fanáticamente oficialista cuando se pasó a un canal K.

En un país medianamente razonable, una persona como Magdalena debería ser homenajeada. Más aún cuando se cumplen 30 años de democracia. Naturalmente, en tantos años de carrera, uno comete aciertos y errores, se gana enemigos y amigos. Además, es una persona de opiniones fuertes con las que se puede estar de acuerdo o no. Pero nada de eso cambia lo central: su valentía durante la represión ilegal, su compromiso con la verdad de lo ocurrido, su solidaridad con los colegas que eran –o se sentían al menos– perseguidos por el menemismo. Nunca relativizó, los acusó de victimizarse, sanateó sobre el contexto ni nada de eso: les abrió el micrófono como se debe hacer y los acompañó.

En la Argentina de esta década, en lugar de homenajearla, le realizaron un juicio público por haber sido cómplice de una dictadura a la que denunció. Ese juicio fue difundido por la televisión partidaria que se hace llamar pública. Y la dirigente que encabezó ese juicio, curiosamente la misma Hebe de Bonafini, fue recibida dos días después por la Presidenta de la Nación. No sólo eso: cuando Magdalena se atreve a denunciar lo ocurrido, aparecen intelectuales y periodistas –algunos de los cuales recibieron su solidaridad en otros tiempos– para reprocharle su actitud.

En el mundo del revés, en el país de no me acuerdo, si una persona denuncia que es agredida, eso confirma que merece ser agredida. Conozco noteros muy jóvenes, a los que los corren de actos al grito de “andate, esbirro de Magnetto” o maravillas por el estilo, y que temen denunciarlo porque saben que, inmediatamente, la televisión partidaria estatal iniciaría una campaña contra ellos por denunciar que los agreden.

Es curioso, pero estos mecanismos funcionaron así en muchos países, de izquierda o de derecha, durante el siglo XX.

Lo que ha ocurrido en estos años con Magdalena y otros colegas habilita a hacer una digresión.

Imagínese usted que en dos años gobierna el país Mauricio Macri. O Sergio Massa, o Julio Cobos, o Daniel Scioli. Y, entonces, fastidiado alguno de ellos por periodistas como Magdalena, o Víctor Hugo, o Verbitsky, o Sietecase, o Aliverti, deciden armar programas de televisión donde diariamente se los difama, tergiversa o humilla. Imagínense que, a partir de estas situaciones, algunos de esos periodistas empiezan a contar que se encuentran con personas que los insultan por la calle, con los argumentos que se difunden en la televisión oficialista. Sinceramente, ¿usted argumentaría que eso es parte de la democracia, que así son las cosas, que es parte del derecho a la libre expresión o denunciarían el hecho como una persecución?

Difícilmente esto suceda. Dispositivos como los que se pusieron en marcha contra los disidentes en la Argentina de esta década no suelen repetirse en democracias avanzadas. De hecho, desde 1983 para aquí, sólo durante el kirchnerismo existieron, y en el resto de América latina, donde se discute con pasión el rol de la prensa, este nivel de agresividad sólo se produjo en Venezuela y en El Salvador.

Son hechos molestos, pero pasajeros. En todo caso, revelan la doble moral de un sector que denuncia atropellos cuando está en la oposición y los avala cuando se siente parte del poder gobernante: nada nuevo bajo el mundo.

Lo que es una pena es que la democracia, ahora que cumple 30 años, se prive de homenajear a alguien como Magdalena Ruiz Guiñazú.

Una pena para la democracia, no para ella, que ha formado, quizá sin saberlo, a tanta gente.

En el 2005 le hice un reportaje para esta revista.

Me encantó el título que le pusieron: “Señora de nadie”.

“Aprendí de muy chica a no venderme por un plato de lentejas”, recuerdo que decía, la integrante de la Conadep, la periodista radial que informaba al país sobre la existencia de desaparecidos cuando nadie lo hacía, la que recibía el agradecimiento de Hebe de Bonafini por ser la primera que habló de las Madres de Plaza de Mayo.

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En el país de Nomeacuerdo

(María Elena Walsh)

En el país de Nomeacuerdo
doy tres pasitos y me pierdo”.


Un pasito para allí
no recuerdo si lo di.
Un pasito para allá,
ay, qué miedo que me da.

Un pasito para atrás,
y no doy ninguno más
porque ya, ya me olvidé
dónde puse el otro pie.


@
http://www.infonews.com/2013/11/07/politica-107805-magdalena-en-el-pais-de-no-me-acuerdo.php
http://culturaparatodos.es/musiquita/1917-el-pais-de-nomeacuerdo-maria-elena-walsh-1967-a.html
http://lavieencouleurmer.blogspot.com.ar/2009/03/en-el-pais-del-no-me-acuerdo.html
http://www.youtube.com/results?search_query=Bonafini+Ruiz+Gui%C3%B1az%C3%BA