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domingo, 27 de octubre de 2013

El ojo feroz. Un perfil de Beatriz Sarlo. *



Se olfateaba una batalla. Todos estaban alerta. Beatriz Sarlo –una de las intelectuales más prestigiosas de Argentina y una de las voces que más duramente critican al gobierno kirchnerista- había sido invitada a participar de 678: un programa emitido por la televisión pública que, en los hechos, funciona como el principal brazo del gobierno dentro del universo mediático. Que Beatriz Sarlo fuera a 678 era un evento que sólo encontraba parangón en el terreno deportivo: era un duelo. Un Boca-River. Una contienda en la que apenas había dos espacios: el de vencedor y el de vencido.

—No tenía ese registro –dice ahora Sarlo-, hasta que empecé a ver que en Twitter decían “¿dónde es la previa a lo de Sarlo en 678?”. Hablaban como si fuera un partido. Ahí intuí que lo mío era más que una visita.

Sarlo había aceptado ir al programa por una única razón: acababa de publicar un libro, La audacia y el cálculo, que hacía un exhaustivo análisis del aparato cultural kirchnerista y que –entre otras cosas- la emprendía contra 678 diciendo cosas como ésta: "Es desagradable visualmente, con un panel integrado por bizarros o pedantes, sin obligaciones con el ritmo televisivo, sin beautiful people, producido en el canal público. Es pura y dura propaganda ideológica".

—Acepté ir por una cuestión, digamos, de ética del discurso –dice-. Si escribo sobre ellos tengo que ir. Pero no iba con ningún plan.

Cuando llegó vio que detrás de cámaras había periodistas de medios nacionales e internacionales, y ahí terminó de entender la trascendencia del asunto. Entonces decidió no hablar. Se concentró. En los minutos previos a salir al aire, Sarlo no quiso cruzar ni una palabra con los siete panelistas que iban a enfrentarla en ese encuentro aparentemente desigual. Tampoco los observó; evitó mirarlos. La razón era puramente deportiva: Sarlo ve mucho tenis –juega cuatro veces por semana- y sabe que los partidos se juegan en varios terrenos, entre ellos el de la mirada.

—En el tenis los jugadores no se miran: sólo lo hacen cuando se saludan al comienzo y cuando termina el partido. Por lo tanto, cuando querés discutir con alguien y sabés que la cosa viene a ganar o perder, no tenés que mirarlo. Tenés que estar en lo tuyo.
Sarlo hizo lo suyo. Se acercó al piso de grabación con un andar sereno, casi de western. Luego tomó asiento. Empezó el envío. Pasados los primeros minutos y las presentaciones de rigor, el programa –caracterizado por criticar el ejercicio periodístico ajeno- emitió un informe sobre el supuesto sesgo en la cobertura de los medios españoles en las movilizaciones que se estaban realizando desde el 15 de mayo de 2011 en Puerta del Sol. Terminado el informe, invitaron a Sarlo a opinar. Y ella dijo, en la cara de cada uno de los siete panelistas, lo siguiente:

—Este informe sobre la cobertura de prensa es lo que opino de los informes del programa de ustedes: son recortes en los cuales faltan las fuentes y se repiten siempre los mismos mensajes. Es un picadillo de lo peor de los medios, tratan de hacer creer a la gente que lo que pasa en España está siendo trasmitido así. Les aseguro que leo todos los portales españoles de noticias y hay varias perspectivas sobre Puerta del Sol.

De ahí en más el encuentro empezó a complejizarse y a volverse incómodo. Sarlo –contra todos los prejuicios- no era una intelectual de escritorio. Tenía eso que se llama “calle”. Y la calle terminó de verse cuando Orlando Barone (un panelista y periodista que construyó su carrera en varios medios –entre ellos Clarín y La Nación- y que hace algunos años descubrió que esos medios eran una basura golpista) avanzó con un discurso usual dentro del programa:

—Uno se siente más aliviado cuando en el lugar donde trabaja no hay que ocultar crímenes de lesa humanidad –dijo Barone, en referencia al Grupo Clarín de Ernestina Herrera de Noble, sospechada por la apropiación de menores durante la dictadura-. En este canal no hay que pactar con sospechados de crímenes de lesa humanidad. La pregunta es ¿se puede trabajar en...?

—Conmigo no, Barone –lo interrumpió Sarlo como si espantara una mosca-. Conmigo, NO. Barone vos trabajaste en Extra, trabajaste en La Nación, aguantaste hasta donde pudiste. Llamá a alguien de Clarín, yo soy una columnista de La Nación y trabajo tres veces por semana en radio Mitre, no voy a responder por esos medios.

Punto.

La frase “conmigo, no” fue, desde ese momento, un vértice en la vida pública de Beatriz Sarlo. Si bien Sarlo viene escribiendo y analizando el poder desde hace décadas, lo cierto es que –de la mano de esa intervención- pasó de ser conocida a ser famosa. Al día siguiente de ese cruce –en mayo de 2011- empezaron a aparecer remeras con la frase “conmigo no”. Comenzaron a circular ringtones que reproducían esa línea en los teléfonos celulares. Y se terminó identificando a Sarlo como uno de los rostros más combativos e intelectualmente sólidos del universo opositor.

—Creo que los de 678 no me conocían –dice ahora, sentada en su oficina-. No calcularon que una intelectual de aspecto académico pudiera comportarse como alguien con cultura de calle y de noche. No les entró en la cabeza. Daban por sentado que entraba al estudio una especie de aparato profesora de la Universidad de Buenos Aires. Ellos hablan de mí como una “señora de Recoleta”, barrio en el que jamás he vivido. Es interesante cómo la gente devora sus propios mitos. Ellos fueron víctimas de su propio imaginario, el imaginario con el que constantemente me hostilizan. Son zonzos. No saben observar. No saben ni son capaces de saber quién soy yo.

La oficina de Sarlo queda en el centro de la Ciudad de Buenos Aires. Consiste en dos ambientes luminosos que reproducen el aura de las buhardillas parisinas: hay una vista en alturas, hay una belleza reflexiva y hay un piso y varios muebles de madera con esa porosidad que absorbe –y nunca expulsa- la luz. Sarlo construyó este espacio varias décadas atrás, decidida a que el trabajo no entrara de un modo evidente en su mundo privado. A su casa, dice, las personas van a tomar whisky. Y a la oficina vienen a trabajar.

En este departamento, desde 1978 y durante treinta años funcionó Punto de Vista: una revista cultural –dirigida por Sarlo- que marcó una época y que estableció un canon antipático en el mundo literario: si un escritor no era citado por Sarlo quedaba afuera de muchas cosas. Y eso, que a Sarlo le generó varios rencores que todavía duran, era aceptado como una ley marcial pues Sarlo era –es- una analista de formación irreductible. Durante veinte años fue profesora de literatura argentina contemporánea en la Universidad de Buenos Aires; escribió veinte libros; dictó cursos en Columbia, Berkeley, Maryland y Minnesota; fue fellow del Wilson Center de Washington y fue profesora especial de Cambridge.

—Y ahora me voy a Harvard. Tres meses. Voy porque me pagan y porque quiero usarles la biblioteca. No sabés lo que es la biblioteca de Harvard.

Sarlo habla y fuma, con boquilla francesa, unos cigarrillos Dunhill. Los compra de a montones cada vez que viaja al exterior y luego los consume sin apuro. El modo de fumar de Sarlo tiene algo que ver con su mirada. Sarlo es metódica, pausada, analítica. Se toma el tiempo para hacer lo que –dice- en 678 no hicieron con ella: observar. Ese ojo entrenado es, desde hace mucho, uno de sus mayores capitales: además de los libros publicados, escribió durante cinco años una columna de crónicas porteñas breves en la revista Viva de Clarín, ahora escribe análisis políticos en La Nación y el año pasado –por pedido de Pablo Avelluto, director editorial de Random House Mondadori- publicó La audacia y el cálculo, uno de los análisis más hondos de los modos de construcción propagandística de Néstor y Cristina Kirchner.

Avelluto conoció a Sarlo en 1987. En ese entonces él estudiaba Ciencias de la Comunicación y encontraba en Sarlo una mirada interesante sobre –enumera- la cultura, los libros, la política, el jazz, el cine, los Beatles y las vanguardias. La vio en persona cuando la invitó a un pequeño programa de radio. Al que Sarlo fue. “Me llamó la atención que a Beatriz le interesara lo que yo pensaba o leía, o los discos que escuchaba –dice Avelluto-. Luego encontré en ella una suerte de antena para descubrir, promover, discutir y pensar lo nuevo, lo diferente, lo que escapa a lo previsible. Y el humor, un humor elegante y sofisticado, alejado del melodrama del peronismo o la izquierda más tradicional. En cierto modo, Beatriz nos enseñaba un modo diferente de ser de izquierda”. 

Sarlo se formó en los claustros, pero también en la calle. Creció en un hogar de clase media antiperonista –padre abogado, madre docente-, pero a los diecisiete años se anotó en la Universidad de Buenos Aires y se fue del hogar. Era –dice ella- la época: la única forma de construirse era romper con las normas éticas de la familia. Había que irse para ser joven en serio.

En esos años Sarlo se dedicó a dar clases de inglés y a trabajar en Eudeba, la Editorial Universitaria de Buenos Aires. Vivía con poco: dormía en piezas y estudiaba en bibliotecas públicas. En 1970 se fue a vivir y a trabajar a Trelew y fundó una filial de la Juventud Peronista. Casi todos los miembros de esa Juventud Peronista entrarían luego en Montoneros –la organización guerrillera identificada con la izquierda peronista-, pero ella, al regresar a Buenos Aires, se apartó y se afilió al Partido Comunista Revolucionario, fuerza maoísta que tuvo algunas coincidencias con Juan Domingo Perón.

La llegada de la dictadura impactó en Beatriz tanto como en muchos otros intelectuales de izquierda. A la precariedad de la vivienda se sumó la falta de trabajo –nadie, salvo el Centro Editor de America Latina, le dio un empleo en esos años- y la clandestinidad. Empezó a vivir sin paradero fijo y sin teléfono, y armaba parte de su análisis y su estrategia leyendo los diarios en el Pumper Nic de Suipacha y Corrientes: un local –antecesor del Mc Donald’s en Argentina- donde Sarlo había observado que no entraba la policía.

Llegada la democracia, en 1983, pasó a una vida abierta pero con los mismos aprietos económicos. Alquilaba piezas, vivía con poco, iba a hacer ejercicio físico –siempre le gustó el deporte- al único lugar gratuito: el gimnasio del Hogar Obrero. Su situación económica recién empezó a mejorar a medida que se fortalecían las instituciones democráticas y había menos miedo. “Beatriz forma parte de un grupo de pensadores que aprendió a respetar los funcionamientos democráticos –dice Jorge Fernández Díaz, secretario de redacción de La Nación, y amigo y editor de Sarlo-. Por eso, cuando veinte años después el kirchnerismo vino a interpelarlos y a decirles que todas esas cosas que habían aprendido eran irrelevantes o lisa y llanamente expresiones de la derecha, es lógico que a Sarlo le haya molestado”.

Llegado el kirchnerismo, en el año 2003 hubo una escena que marcaría un antes y un después en la relación de Sarlo con el gobierno. Los Kirchner –principalmente Néstor- habían llegado al poder hacía poco tiempo y querían escuchar la voz de algunos intelectuales no peronistas. Julio Bárbaro –entonces jefe del Comité Federal de Radiodifusión- había convencido al matrimonio presidencial de llevar a dos de los pensadores más prestigiosos del país: Sarlo y el historiador Tulio Halperín Donghi. Los Kirchner aceptaron.

Durante el encuentro, Néstor Kirchner entraba y salía del salón –como cuentan que hacía siempre- y decía frases como “las ideas son importantes”, mientras que Cristina estaba en la mesa. Acababa de llegar de un viaje a Nueva York donde había conocido a Joseph Stiglitz y Paul Krugman y estaba –dice Sarlo- “deslumbrada con el primer premio Nobel que conocía en su vida y con la posibilidad de vincularse con los medios académicos”. Sarlo y Halperín Donghi miraban todo con escepticismo y curiosidad. Hasta que hacia la segunda hora del almuerzo, cuando se entró de lleno en el tópico “derechos humanos”, las cosas empezaron a irse de carril.

Cristina Fernández dijo que, según ella, la Argentina carecía de intelectuales y que esa falta se debía a que entre los treinta mil muertos y desaparecidos de la última dictadura militar había una generación de pensadores. Beatriz Sarlo, entonces, le advirtió que la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep) denuncia diez mil muertos y desaparecidos, y siguió:

—Creo que el crimen es horrible, independientemente de que hayan sido diez mil o treinta mil –dijo Sarlo-. Pero no podemos asegurar que entre estos desaparecidos había grandes ideólogos. Simplemente no lo sabemos.

Desde ese comentario, el almuerzo no volvió a ser el mismo. “Tulio, a este lugar no vengo más” le dijo Sarlo a Halperín Donghi, una vez afuera de Casa de Gobierno. Tiempo después, Sarlo supo –mediante amigos- que el disgusto había sido mutuo: los Kirchner le habían bajado el pulgar, inaugurando formalmente un desagrado que se fue polarizando a lo largo del tiempo.

—A los judíos les mataron 7 millones de personas y nunca dijeron que se habían perdido violinistas, físicos, escritores y filósofos judíos. No dijeron “acá hay un hueco” ni lo midieron en función de la pérdida de talentos, y eso que estamos hablando del asesinato mayor que hizo la humanidad. Entonces la idea de que los miles de desaparecidos argentinos, además de haber padecido un crimen contra la humanidad, establecen un hueco y que si no la política y la intelectualidad argentina serían mejores… es una idea, por lo menos, incomprobable. Típicamente criolla.

—Usted se refiere a esta idea que tenemos los argentinos de que “podríamos ser geniales, lástima que…”.

—Y… ese argumento tiene un aire argentino bastante autóctono. Por otro lado, hay algo que tienen los Kirchner y que es muy curioso: creen que el mundo empieza con su llegada. Como ellos no se ocuparon de los derechos humanos en la década del ‘80, ni tampoco lo hicieron en los ‘90, creen que el momento en el que ellos se ocupan es el “momento cero”, el comienzo.

—¿Es esa brecha entre la historia personal y el discurso político de los Kirchner lo que la llevó a dar esa respuesta en la Casa Rosada?

—Qué sé yo… Quizás no fue la respuesta más inteligente de mi parte. Admitámoslo. Si alguien quiere seguir sentado en esa mesa no hace una provocación sobre un punto que a esas personas les parece central. Pero bueno: no tenía demasiado interés en seguir sentada en esa mesa, tampoco.

Enciende un Dunhill, da una única pitada y luego lo apaga: no fuma –dice- una sola pitada que no tenga ganas de fumar. La facilidad con que Sarlo delimita su deseo es llamativa. Jorge Fernández Díaz cree que ésta es una de sus principales cualidades: “Ella vive con muy poco –dice-. Es frugal. Conozco poca gente tan temeraria y tan tremendamente austera. No es vulnerable a los elogios y no necesita demasiado para vivir. Ni plata ni premios. Sólo un disco de Bill Evans y un buen libro. Sarlo es insobornable”.
***

Sarlo posa para las fotos. Sobre la mesa de madera tiene lo mismo que tenía hace unos días: revistas, libros, un mate. Sarlo dice que no quiere salir fumando ni tomando mate: no quiere ser folclórica. Tampoco quiere hacer ninguna pose rara.

—Una vez un fotógrafo del diario Perfil me hizo un montón de fotos y a lo último me dijo: “¿Y por qué no te agachás, a ver qué sale?”. Y me agaché y después eligieron esa: fue un bochorno. No tengo nada que hacer agachada, hay una edad para cada cosa. Ahora la ponen en Perfil cada vez que me hacen una entrevista.

Sarlo cuenta la anécdota mientras Tomás Linch sigue tomando imágenes. Luego Tomás deja la cámara y busca su móvil: quiere sacarle un último retrato con el teléfono.

—Después la subo a Twitter –bromea Tomás.

—Mejor no, van a llenar el Twitter con frases como “vieja de mierda” –dice Sarlo. 
No queda claro si le importa.

***

Es la noche, es un taxi. Sarlo fue invitada a un programa de debate político y le enviaron un coche. Si no fuera por eso, Sarlo viajaría en colectivo o en subte: siempre lo hace. El uso libre que hace del espacio público la pone en lugares buenos (muchas mujeres muestran lo que Sarlo intuye que es una “identificación de género”) pero también difíciles.

—Hay algo que me provoca enorme sorpresa, y es el machismo ejercido por hombres y mujeres. Porque las palabras “vieja”, “fea” y “de mierda” son permanentes –dijo Sarlo días atrás, en su oficina-. Y no usan esas mismas palabras cuando tienen que atacar a hombres. Lo que es notable.

—Da la impresión, en relación a esto de “vieja”, que usted le da un peso ideológico a la idea de no hacerse cirugías estéticas.

—¿Ideológico? No. No es una cuestión de principios. Qué sé yo qué haría si viviera en Berlín o en Ciudad de México… Pero acá, en este clima de transformación botóxica que hay en Argentina, no.

En el taxi, Sarlo lleva el cabello blanco acomodado en una raya al costado, maquillaje espeso –se prepara sola para la televisión- y perfume. Baja del coche con elegancia, pero sin los lugares comunes de la elegancia. Camina. En el canal, en la sala de espera previa a los estudios de grabación, hay dos pantallas de televisor con un discurso en cadena nacional de Cristina Fernández. Sarlo ni la escucha.

—¡Sarlo! –en la sala de espera alguien la reconoce. Es un desconocido. El hombre empieza a hablarle de burocracia sindical y de izquierda marxista, y después pasa al terreno más común:

—Me acuerdo del día que estuvo en 678…

—Por favor, ni lo mencione.

—Yo hinchaba por usted, Beatriz. Mientras miraba tuve que dejar de comer.
Sarlo es cortés: sonríe. Luego avanza hasta el piso de grabación y queda detrás de cámaras, mirando la escenografía. Detrás de un panel hay sentados tres invitados.

—A esos gordos los conozco –dice Sarlo-. El gordito ése es ultra kirchnerista, es del concejo empresario. El otro gordito no sé quién es. Y el tipo ése es un ruralista que está bastante podrido de los Kirchner.

Minutos después se acerca el conductor, Maximiliano Montenegro, y la saluda. Le explica que durante el primer bloque van a hablar los tres señores y que luego tendrán una entrevista a solas con ella. Sarlo asiente, se sienta fuera de cuadro, cruza sus piernas finas y mira. Y escucha. En cuestión de minutos, en torno a una discusión sobre la formación de precios en Argentina, los gordos empiezan a pelearse como si fueran vedettes en el prime time televisivo. La escena es entretenida, pero Sarlo no mueve un músculo del rostro: mira. Y escucha.

—Si hago un zapato cobro un peso y si hago cincuenta zapatos cobro cincuenta pesos: eso es justo –dice Jorge Castillo, kirchnerista y dueño de La Salada, la feria de productos ilegales más grande de Latinoamérica-. ¡Pero si tengo empleados cobrando un sueldo fijo en vez de hacer zapatos se la pasan fumando en el baño!

—¡Castillo! -dice otro- ¿Usted dice que los trabajadores en blanco fuman en el baño? ¡Está echando por tierra sesenta años de conquistas sociales, Castillo!

Sarlo asiste a la escena con sobrio deleite. Luego llega el corte, se van los gordos y entra Sarlo con sus piernas finas. Montenegro la presenta como “la intelectual más crítica de Cristina y la intelectual más lúcida también”. Luego empiezan las preguntas, centradas –casi todas- en torno de la presión oficial para que haya una reforma constitucional que habilite a Cristina Fernández a un tercer mandato.

—¿Hay kirchnerismo sin Cristina candidata en el 2015? –pregunta Montenegro.

—No tengo la menor idea. Ellos se han quedado sin sucesor. Amado Boudou (el vicepresidente, metido en un escándalo de corrupción) se enredó en los cordones mal atados de sus propias zapatillas y la presidenta no tiene sucesión. Ahora bien: el problema de que el kirchnerismo no tenga sucesión depende de los errores del kirchnerismo. No hay que entrar en un falso debate. No soporto el engaño discursivo. El kirchnerismo pretende que sea completamente estúpida y piense que quieren reformar la Constitución para introducir nuevos derechos cuando quieren reformarla para que Cristina Kirchner sea reelecta.

—¿Y Cristina tendrá resto para llegar al 2019? ¿Querrá? –pregunta Montenegro.

—No sé. No hago hipótesis psicológicas ni personales: no lo hago con mis amigos, menos voy a hacerlo con una presidenta. Y además no me interesa. Si ella quiere ser presidenta aguantará o no, qué se yo.

Montenegro le da las gracias y se despide de Sarlo, quien baja de la tarima con una liviandad que no parece tener sólo que ver con su peso. Luego atraviesa el salón, saluda a un senador que –rodeado de escoltas- da un paso al frente y la intercepta, y se va.

—Todos estos tipos nunca se mueven solos, viven con miedo –susurra segundos después, cuando pisa la calle. Ahora cae una garúa fina sobre Sarlo pero ella no la registra. Bajo la llovizna espera que llegue el taxi que le pusieron en el canal. Vista ahora -mínima, a la intemperie- Sarlo remite a una escena que ocurrió hace años: en el 2006, la fotógrafa Alejandra López la retrató de un modo inolvidable y bajo una lluvia mucho mas fuerte. En la imagen se la ve a Sarlo de cabello corto y sin paraguas. Mirando al cielo como si buscara –sin metáforas- una respuesta concreta.

 * Publicado en la revista YA del diario El Mercurio (Chile) en octubre de 2012.

@
http://senoritali.blogspot.com.ar/2012/10/el-ojo-feroz.html
http://www.lanacion.com.ar/autor/beatriz-sarlo-306

domingo, 4 de agosto de 2013

Lanata «Primero tengo que aprender las reglas, sino no tengo qué carajo romper»

Por Redacción ¡ OH ! - Los Tiempos - 4/08/2013

Texto:   Javier Gumucio para OH!
Twitter: @gumuciojavi

https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEgbCtTnkRiRglCRp_k41v4S54KVZ4p6VHDFRSYMpfANdxQILWaUxDXJVyyiM0feB840xDMzyX7ariTsxP4G2aHF0zzS7zHOgsVMz44ieSeBnzCvUx2Md2rjKWvKfcwNHsLnKyivSnEQ6xw8/s0/Lanata+Ledesma.jpg

Excéntrico periodista y principal opositor del gobierno kirchnerista: “Hablo de donde está el poder, no voy a hablar del intendente de Lavallol”, avisa Jorge Lanata, quien tiene muchas historias para revelar y muchos personajes que ilustrar.

INICIOS EN EL PERIODISMO Y SU VOCACIÓN POR EL OFICIO

“No me acuerdo de dónde viene mi vocación por el periodismo. Mi primera nota fue de Conrado Rodelo, esos escritores que te hacen odiar en el colegio. Lo busqué en la guía telefónica, lo llamé y le dije que le quería hacer una nota. Desde ese momento empecé a escribir y no pude dejar de hacerlo”, cuenta Lanata, haciendo un preámbulo sobre sus primeros pasos en la profesión.
“Mi mamá estuvo 40 años sin hablar por una enfermedad, por eso es paradójico que yo me haya dedicado a escribir y preguntar”, señala, en referencia al tumor cerebral que dejó a su madre sin habla y en silla de ruedas, cuando él tenía cinco años.
“Un día vi un cartel que decía radio y entré a pedir trabajo, ingresé a hablar con el director, que me dio un laburo como redactor en un informativo, mi viejo firmó el contrato porque yo era menor de edad, ¡tenía 14 años!”, se sorprende; y agrega: “En mi casa no había biblioteca. Como mi viejo era dentista, al fondo de mi casa habían unas piezas de plomo que yo las vendía para comprarme libros”, confiesa.
Lanata nació en Mar del Plata hace 53 años, pero creció en Sarandí, Avellaneda.
“Terminando el colegio, intenté estudiar abogacía pero dejé porque era algo estúpido; y filosofía, que me interesa hasta hoy. Era tiempo de la dictadura así que comencé a trabajar de todo. Cubría actualidad para un yanqui, era mozo en San Isidro, laburé de boletero y hasta en un programa de folclore en la radio”, cuenta.
Durante la dictadura militar, además de las distintas ocupaciones que tuvo, Lanata afirma que leía sobre matemática, física y poesía.
“La poesía me enseñó a escribir, lo sigo haciendo hasta hoy, la poesía es música. Cortázar es jazz, por ejemplo”,  afirma el conductor del ciclo Periodismo para Todos.
En los últimos meses del gobierno de facto en 1982, Lanata regresó al periodismo con el Tren Cultural de la Organización de Estados Americanos. “Era un tren que viajaba por todo el país regalando libros a las personas, cuando me enteré que era una acción de prensa del secretario de cultura de la dictadura, dejé el tren colgado en La Pampa y me fui”, revela.

PÁGINA 12

El fundador del diario Página 12, explica los pormenores de la creación de aquel medio.
“Cuando se me ocurre Página 12 tenía 25 años, en la revista El Porteño ya publicábamos todo lo que los otros medios sabían pero no querían difundir por sus compromisos. Página 12 empezó con esa idea, la contra información”, dice.
“Se armó un grupo con tipos expulsados de los otros medios y la guita la puso Sokolowicz (Fernando, empresario maderero). Nuestra primera oficina tenía 80 metros cuadrados, no entrabamos todos, los fotógrafos laburaban en el baño. No teníamos la puta idea de cómo hacer un diario, ahí aprendimos”, enfatiza un Lanata sincero, para añadir: “primero tengo que aprender las reglas, después no tengo qué carajo romper”.
“A esa edad uno patea las puertas, no pide permiso. El periodismo desde hace mucho se caracterizó como una lucha contra la imposibilidad técnica, monetaria y de libertad. Pero igual, este oficio es muy romántico”, reconoce.

“Cuando el diario se vende a Clarín yo me voy, después de haberlo dirigido durante diez años. Los medios gráficos expresan la mentalidad de la época, por eso Página 12 vibró a fines de los 80 y principios de los 90, no pasaba desapercibido, lo amabas o lo odiabas”, dice.
Con respecto a la actualidad de aquel medio, Lanata sostiene:
“Siempre que me fui de un medio, se cayó, como empresario fui un desastre. Lo vivo como un fracaso porque yo tendría que haber formado un grupo que continúe estable, aun cuando yo me vaya. Para mi Página 12 cerró hace tiempo, lo que sale hoy es un boletín patético”, opina.
“A mí me gustaría que se lo recuerde como un diario libre. Nosotros nos cuestionábamos cada sección publicada, nos replanteábamos todo de nuevo, no como los diarios de hoy”, cuenta.
Asegura que sintió bronca y tristeza cuando no lo llamaron en el aniversario por los 20 años del periódico que fundó.
“Fue un gesto tonto y menor que en su momento me dolió, me ningunearon, pero al no nombrarme me hicieron sentir más presente que nunca. Durante mucho tiempo me sentí orgulloso de hacer Página 12”, asegura.

SUS REFERENTES Y LA ACTUALIDAD DEL PERIODISMO ARGENTINO

“Mis referentes no eran conocidos, más que eso, eran personas con las que trabajé y admiro mucho: Osvaldo Soriano, Juan Gelman, Miguel Bonasso. Tuve suerte de compartir la redacción con ellos y armar otra buena generación de periodistas que empezaron conmigo.
Entrevisté a Julio Cortázar meses antes de su muerte y a Jorge Luis Borges dos veces, tengo un gran respeto hacia ellos. Cuando Borges me recibió yo no era nadie”, confiesa.
Jorge Lanata considera que el nivel del periodismo hoy es muy pobre.
“El nivel de la profesión es una porquería, en una redacción preguntas cuántos hablan inglés y dos personas levantan la mano. En la universidad, de mis cien alumnos, tres eran buenos, los demás tenían que volver todos al secundario. Los jóvenes de hoy son muy pedantes, deberían formarse primero y opinar después. Leer no sólo te permite levantarte más minas, sino ser más sensible y comprender el entorno”, dice.
Sobre la tapa del diario Muy, en la que muestran el cadáver de la joven Ángeles Rawson, asesinada y hallada en el predio del CEAMSE, Lanata recrimina: “Las fotos sirven cuando aportan y dicen algo. Pero hay límites, no seamos los borrachos de la fiesta. Es terriblemente doloroso para la familia, eso no es periodismo porque no agrega”, reprueba.

PERIODISMO PARA TODOS Y PERIODISMO MILITANTE

“Yo no creo en el periodismo militante, estoy en contra. Nosotros los periodistas preguntamos y los militantes responden. Tienen que saber que nada es la verdad absoluta, no hay que proteger a la gente de los hechos. Siempre es mejor saber que no saber y si sabes tenés que decirlo. Se agregó el fanatismo en el medio, odias a tus ex amigos porque piensan diferente y así es difícil”, argumenta.
“Lo que estamos haciendo este año (en referencia a su programa Periodismo para Todos) es fuerte y no sé cuándo termina. Para hacer periodismo hay que ser creativo, opositor y creíble. Hoy me puedo disfrazar en televisión y la gente me sigue creyendo porque no es tonta. Yo hago lo que quiero porque hago veintidós puntos de rating, si haría cuatro me darían una patada en el culo”, espeta.
“Tranquilamente me podría mantener escribiendo libros, porque vendo cien mil (refiriéndose a Argentinos I y Argentinos II, convertidos en best sellers; la mayor cantidad de libros vendidos en el país durante los últimos 40 años y declarados textos de lectura obligatoria en la escuela), si estoy en radio y televisión es porque tengo algo para decir”, dice para añadir el por qué de la elección de dichos medios: “Yo quería salir al aire simplemente, no querer salir al aire en determinado lugar; y el primero que me dio esa opción fue El Trece. El título de la revista Rolling Stone de este mes fue mala leche, dijeron que yo le gané a Clarín y no fue así, yo afirmé que hago lo que quiero y eso al canal le sirve. Lo que hago hoy es lo que hice siempre en cualquier medio”, asegura.
A cerca de los altos niveles de rating que otrora posicionaron en la cumbre de la televisión a Marcelo Tinelli haciendo Showmatch, Lanata reconoce: “Nadie está donde está por casualidad. Yo no haría Showmatch, pero si Tinelli hizo 20 puntos durante 20 años, es por algo”, subraya.

PODER Y DEMOCRACIA

Jorge Lanata augura que Cristina Kirchner no va a terminar este mandato y que en una posible reelección perdería.
“El peronismo de derecha le va a ganar al oficialismo, pienso que Daniel Scioli o Sergio Massa pueden vencer. Mauricio Macri podría ganar desde adentro del peronismo, si se da cuenta”, vaticina y agrega: “Cristina va a reformar la Constitución y va a ir por la reelección, pero no creo que saque más del 35%, van a perder y por eso se van a volver más ultras, porque mientras peor les va, se enojan más”, interpreta, de cara a las elecciones presidenciales de 2015.
“Esta es una democracia autoritaria, así como la venezolana es una democracia militar. Lo que se discute ahora no sólo es la libertad de prensa, sino la República. El gobierno no respeta los tres poderes. Nosotros con Periodismo para Todos encontramos 25 delitos y sobreseyeron 24. Ya no se va a llamar República Argentina, solo Argentina”, aduce el escritor.
“Yo tengo mucho que ver con esta presidencia, porque se formó leyendo Página 12. Hoy ellos no tienen tipos con talento, está claro que me necesitan”, afirma Lanata, especificando que él sería un buen negocio para el gobierno.

PERIODISMO 2.0

Jorge Lanata aprovecha el espacio para dejar varias frases sobre la forma de mejorar el periodismo y la comunicación en las futuras generaciones: “Después de la imprenta, internet es el elemento más democratizador de la historia y todavía está en su infancia, es un buen momento para aprovecharlo. Lo ideal es crear tu propio medio para decir lo que quieras, sólo que es difícil. No hay malas historias, hay malos periodistas, sino mirá a Truman Capote y su historia de la mucama ¡Es una nota del carajo!, se emociona.
Finalmente, Lanata se despide aconsejando a los que ejercen la profesión: “No sean boludos, laburen donde les den la oportunidad, no se hagan problema si es un medio de izquierda o de derecha, si tienen una oportunidad, demuestren que pueden. Una buena entrevista no es una pregunta tipo CQC, es sacar algo que el tipo no contaría normalmente. Si no pueden, dedíquense a otra cosa, pero por favor no hagan mierda la literatura y el periodismo“, concluye.

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Jorge Lanata en Clase Ejecutiva: "El Gobierno cree que está haciendo la revolución"

Maximiliano Poter
@maxipoter

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Cuando ataca o se defiende; cuando en su verborragia quiere dejar en claro sus argumentos, destacar ideas y remarcar opiniones; o cuando revela sus pensamientos íntimos, Jorge Lanata remata con una muletilla que puede pasar desapercibida, pero es uno de los elementos que más lo definen: “¿Me entendés?”. Más que su enorme figura. Incluso más que su tradicional pose, frente a cámara, de periodista severo / galán conflictuado, cual Humphrey Bogart del cuarto poder. Y aun más que los lentes y sacos estridentes que usa para su actual rol de showman político o periodista opositor –según de qué lado se mire la tevé en la Argentina de hoy–. Su tag line revela un temor, un deseo y una duda existencial.

“Me preocupa que lo que haga no se entienda. Siempre pregunto después de escribir algo si se entiende. Hay periodistas que hacen de lo críptico un valor y, para mí, eso es un fracaso. Yo creo que tenemos la obligación de ser populares. Ojalá yo llegara a más gente. Ojalá hiciese 60 puntos de rating y no 30”, ambiciona, mientras enciende su ¿cuarto?, ¿quinto? cigarrillo en 50 minutos, en el estudio de su casa donde tiene las paredes forradas de diplomas, premios, distinciones y cuadros con las tapas de las revistas que lo pusieron en su portada.

Muchos interpretan su preocupación por el rating desde su supuesta egomanía, pero él responde: “No, no tiene que ver con eso. ¿Cómo no voy a querer llegar a más gente si creo en lo que hago? Y que se entienda lo que digo es importante, porque tengo que hacer que gente muy distinta me lea. En la televisión más, porque es muy popular: necesito que me vea la señora de 80 años y el chico de 14. Ese es mi desafío profesional”.

En su cruzada hacia la comprensión masiva, está en su mejor momento. Todos los domingos a la noche, por Canal Trece, es capaz de reunir a 5 millones de argentinos desde Periodismo para todos, el show de periodismo y entretenimiento político que mezcla stand up, imitaciones y sketches donde se disfraza, juega al capocómico y, al mismo tiempo, realiza investigaciones y denuncias que dan que hablar durante toda la semana. Es el programa más visto de la televisión vernácula.

Con Lanata, el Grupo Clarín logró reinstalar un debate, que parecía olvidado, sobre la corrupción en la Argentina. A tal punto se ha transformado en una molestia para el Gobierno, que desde la Casa Rosada ordenaron atrasar el horario del último encuentro de fútbol para que su televisación intente (en vano) restarle espectadores.

Con Clarín, Lanata está atravesado su mayor éxito, aunque desde el oficialismo lo acusen de traicionarse por trabajar en el multimedio que alguna vez él mismo definió como monopólico. “Yo era yo antes y lo seré después de Clarín, que es sólo un trabajo. Clarín fue kirchnerista durante toda la primera etapa del gobierno de Néstor. En realidad, Clarín fue siempre clarinista, tampoco se puede decir que fue kirchnerista, porque Clarín es poder en sí mismo. Si mañana el Gobierno cambia y Clarín se hace del partido, qué se yo, verde, y yo por algún motivo estoy en contra, me iré. Yo trabajo donde sea mientras pueda hacer lo que tenga ganas. Hoy, el Gobierno nos terminó uniendo”, se defiende.

¿Está en el mejor momento de su vida?
En términos de popularidad, sí. Es increíble la repercusión. Llegamos a hacer 34 puntos de rating, un delirio. Físicamente, estuve mal hasta hace un tiempo. Ahora bajé como 30 kilos, lo cual me mejoró los parámetros químicos, y salí de diálisis. Y con la gente estoy bien. Que la calle sea amable y exprese estar con uno es, para mí, súper importante.

¿Qué le dicen?
De 100 tipos, 98 me gritan ‘genio’ y dos me putean. Y, en general, el que putea después dice ‘aguante Cristina’. Así que es un insulto político, no es contra mí. Que digan lo que quieran.

Teniendo en cuenta esa popularidad, ¿se presentaría como candidato político?
No, no. Ni en pedo. Es algo que le encantaría al Gobierno, pero no le voy a dar el gusto. Hoy hay dos encuestadoras que me miden arriba de Cristina. Pero no quiero hacer política, no es mi rol. Yo no sirvo para eso. No me interesa.

¿Ni siquiera si el escenario indica un nuevo triunfo del kirchnerismo?
Bueno, la gente votará al kirchnerismo, ganarán y yo me quedaré acá haciendo periodismo. No me importa nada.

¿Cómo ve el escenario para las elecciones de 2015?
Hoy el Gobierno está muy preocupado con saber si alcanza, o no, el 35 por ciento. Creo que se les va a complicar porque, en 2009, estábamos mejor que ahora y con Néstor Kirchner como candidato llegaron al 31%. No sería raro que ahora bajen de eso y no creo que sigan teniendo el control de las Cámaras.

¿Cree que la intención de reflotar la posibilidad de una re-reelección está en la agenda del Gobierno?
Sí, a pesar de que Cristina lo niegue, porque ellos creen que están haciendo la revolución. Este es un gobierno que habla para la izquierda y ejerce para la derecha. De hecho, la plata en la Argentina sigue estando en las manos de los mismos de la época de Carlos Menem, más dos millonarios del Sur. No hubo un cambio en la estructura económica. Sí hubo paliativos, como la Asignación Universal por Hijo, pero no más que eso. Y una revolución tiene que seguir, no van a rifarla en una elección. Ellos tienen que generar las garantías para que Cristina siga en el poder porque no tiene relevo. Si se va, el kirchnerismo desaparece. Lo lógico sería que intente modificar la Constitución. Si los votos no le dan, puede hacer una Constitución por encima de la actual, como en Venezuela. Decir que la presente es neoliberal, que no expresa los nuevos procesos de América latina y bla, bla, bla, y hacer otra arriba que le garantice la re-reelección. Perdería si hace esto, pero no le queda otra porque es el camino en el que está.

¿Y si eso no sucede?
Creo que ganaría el peronismo de derecha. El monopolio del discurso electoral pseudoprogre lo tiene el kirchnerismo. Entonces va a ser difícil ganarle por ese lado. Lo lógico sería que pegara el discurso más conciliador y moderado; que trate de mantener las supuestas conquistas del peronismo. Sería bastante probable que ganara (Daniel) Scioli o (Sergio) Massa o algo así.

¿Y cómo analiza a la oposición?
Me parece que la oposición no entiende que la discusión hoy no tiene que ver con la política; tiene que ver con la República. Creo que hay democracias de distinto tipo. Guillermo O’Donnell hablaba de ‘democracias de baja intensidad’ para referirse a democracias no tan democráticas. Yo hablaría de democracias militares, como la de Venezuela, con una gran impronta y poder del Ejército; y de democracias autoritarias, modelos que no respetan a las minorías ni a la división de poderes. Me parece que ese es el esquema hacia el que este gobierno va.

Profesión, dinero y obsesión
El primer hecho que construye el mito de Lanata como ese ‘animal periodístico’ con el que muchos lo identifican, es una ya famosa anécdota infantil. Cuando tenía 11 años, su maestra de primaria encargó al curso una biografía del escritor Conrado Nalé Roxlo y él no tuvo mejor idea que llamarlo por teléfono y hacerle una entrevista. El gordito tímido y aplicado, usual víctima de bromas pesadas, se ganó así el respeto de sus compañeros.

Desde los 14 años, cuando consiguió su primer trabajo en los medios, construyó una inigualable carrera en gráfica, radio y televisión que también se extendió, con mayor o menor éxito, a la literatura, el cine, el videoclip y hasta el teatro. Pero su mayor mérito será haber fundado y dirigido dos diarios de alcance nacional: Página/12, en 1987, con sólo 26 años, y Crítica de la Argentina, en 2008.

“Página/12 demostró que la renovación de la forma en la comunicación era infinita y no afectaba al contenido. O sea, que podías hacerle un chiste al lector, reírte con él, hacer que completara un sobreentendido, titular con una película y, en el medio de eso, voltear ministros”, recuerda.

Desde sus hojas, una nueva generación vio en él un ícono que inspiraba que ese oficio podía ser inclemente, divertido y, también, épico. Que un nerd víctima del bullying, de infancia triste, con una madre enferma y un padre casi ausentes, podía ser un tipo cool y sex symbol que amenazara a los poderosos detrás de una Olivetti Lexicon 80.

La historia de Crítica de la Argentina es más trágica. Lanata lo presentó como “el último diario de papel”, en una era en que los medios digitales ya se fagocitaban a los impresos, y reclutó bajo el branding de su apellido (que aparecía junto al logo del diario, como un aval de marca) a muchas de las mejores plumas locales. La aventura duró dos años y desapareció entre deudas, desilusiones y traiciones que lo enemistaron con gran parte del gremio.

Este año Crítica cumpliría su quinto aniversario. ¿Lo pensó?
No, no me quedo nunca colgado con el pasado.

En acción. Todos los domingos, Lanata hace PPT. En los últimos tiempos, tuvo que competir con los partidos de Fútbol para Todos.

¿Qué fue lo que pasó?
En la primera semana, Artemio López me dijo: ‘Acabo de estar con Néstor (Kirchner) en Puerto Madero y me dijo que te va a fundir’. Después, (Julio) De Vido llamó a los anunciantes para que nos levantaran la publicidad. (Alfredo) Coto tenía una campaña anual firmada y me llamó para darme la plata, aunque no publicáramos los avisos. Le dije: “No, esto no es una extorsión. Métase la plata en el orto”. No era sólo un problema de recaudar, sino de mostrar que el diario tenía avisos y eso contagiara, ¿me entendés? Y, en efecto, Néstor nos fundió. El diario perdió u$s 6 millones. Yo u$s 600 mil, porque no tenía más. A medida que el diario iba perdiendo, Mata y Figueiras (N. de la R: Antonio y Marcelo, respectivamente, sus socios empresarios) hacían el aporte de capital y mi parte se fue reduciendo hasta que me quedé sólo con el 5 %. Y con eso se me cagaban de risa, no me traían ni café, ¿me entendés? Entonces, dije que no podía seguir y, un año antes del cierre del diario, me fui, puteándome con el administrador, un tipo puesto por Mata.

Tiene fama de no ser juicioso con el dinero...
Es verdad. Porque me dejé de preocupar por la plata cuando aprendí cómo ganarla.

¿Y cómo se gana?
Armando diarios, revistas, programas de radio y televisión. Tratando de que sean buenos y laburando mucho. Así.

Hay quienes han dicho que, en la administración de esos medios, por cada $ 100 que ingresaban, usted gastaba $ 200...
No, no, porque no hubieran sobrevivido. De hecho, hubo momentos en los que yo ganaba menos que la gente que tenía. Durante todo el primer año de Página/12, como Director gané menos que Verbitsky. Quien, en aquel momento, pidió cobrar u$s 1.000 y yo ganaba unos u$s 400 o u$s 500.

¿Ser más responsable con el dinero no le permitiría estar hoy en otra situación de poder, como tener su propio medio y no trabajar para un grupo empresario?
Pero yo no hago los medios para tener poder. Igual, nunca hubiese juntado tanto. Hoy, sólo tengo esta casa. He perdido varias con otros proyectos y comprobé que no te cambia la vida. A lo sumo, esperás unos años y te comprás otra. Te cambia la vida hacer un buen libro o un buen programa. Lo otro es plata, nada más. Digo esto desde la clase media y habiendo comido cuando era chico. Si hubiera tenido problemas económicos realmente graves, no podría decirlo. No vivo para la guita y la tengo para lo que es: para usarla. Viajo. A veces gasto en boludeces...

Fito Páez se compró un Rembrandt…
Sí, salió u$s 45 mil el Rembrandt de Fito. Yo no tengo u$s 45 mil para un cuadro.

No, pero quizás sí u$s 2 mil para otra cosa…
Sí, en relojes he gastado dos, tres, cinco lucas. ¿Querés saber lo más caro que tengo? Debe ser este departamento, que lo tengo porque vendí una casa que tenía en Punta del Este.

Y si tuviese mucha, pero mucha plata, ¿qué haría?
Estaría buenísimo tener un avión, porque te da mucha libertad. Podrías decir ‘vamos a Nueva Delhi’ e irte.

¿No compraría Página/12?
No, no (se ríe). Página cerró hace muchos años, cuando se transformó en un boletín oficial. Página nunca podría estar con el poder, porque su esencia es la de un diario libre. Lo que está ahora es una mueca de lo que fue. Es Pravda (N. de la R: así se llamaba un periódico de la antigua Unión Soviética, publicación oficial del Partido Comunista). Es ridículo, es demasiado kirchnerista.

¿Por qué colecciona relojes?
Tengo un quilombo con el tiempo. Es una interpretación de psicología de café, pero mi madre tuvo un tumor cerebral. Vivió 40 años con la mitad del cuerpo paralizado y una lesión en el centro del habla. No podía formar palabras. Podía decir sí o no, y te entendía cuando le hablabas, pero no podía hablar ella. Esto le pasó cuando tenía 40 y tantos años. Y yo, durante mucho tiempo, pensé que me iba a pasar lo mismo a la misma edad. Por eso creo que me apuré tanto en todo.

Si pudiese retroceder el tiempo, ¿cambiaría algo?
Nadie puede estar orgulloso de sus errores, pero son constitutivos, porque aun las cagadas me hicieron lo que soy. ¿Me hubiera gustado tener una mamá? Claro, pero hubiera sido otro. No, no cambiaría nada. Tampoco los malos momentos. Todo fue necesario para ser lo que soy. ¿Me entendés?

Íntimo
Jorge Lanata está casado con Sara Stewart Brown, a quien conoció como una fan que iba a presenciar sus programas de TV a fines de los ‘90 y que no sólo es su compañera desde hace 15 años, sino también la madre de su segunda hija, Lola, de 8. Su primogénita, Bárbara, de 23, es fruto de su primer matrimonio, con Andrea Rodríguez, quien trabaja como productora de Periodismo para todos. Además, estuvo fugazmente casado con la periodista Silvina Chediek. Quienes conocen a fondo su vida saben que tuvo tres matrimonios, pero muchas mujeres.

¿Por qué cree que tantas se enamoraron de usted?
Porque hablo. Si fuera mudo, sería virgen.

Pero tiene algunas armas más de seducción...
No sé. Habrá ayudado que trabajo en los medios.

¿Qué tuvo Sara que otras no tuvieron?
Me siento muy cerca de Sara desde que empezó nuestra relación. Y fue la primera vez que sentí ganas de llegar a casa. Antes tenía más ganas de perseguir y con Sara quise quedarme. Hay algunas relaciones que establecés en la vida que son más permanentes y Sara es eso.



ENLACES/FUENTES:
http://www.lostiempos.com/oh/entrevista/entrevista/20130804/lanata-primero-tengo-que-aprender-las-reglas-sino-no-tengo-que-carajo_223149_481408.html
http://maximilianopoter.blogspot.com.ar/search/label/Lanata
http://salinasaguirre.blogspot.com.ar/2013/07/la-farandula-no-vende-como-antes-dios.html 
http://todoshow.infonews.com/2013/07/29/todoshow-88835-lanata-esta-empecinado-con-el-gobierno-y-dice-incongruencias.php#
http://www.apertura.com/clase/Lanata-Hay-dos-encuestadoras-que-me-miden-arriba-de-Cristina-20130725-0003.html