jueves, 20 de marzo de 2014

Relato del Presente: Los muertos no cuentan en democracia

Martes, 25 de febrero, 2014

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Una cadena nacional para no anunciar nada. A esta altura ya no sé si es necesidad de mostrar acción o tan solo puro morbo de joder en medio del almuerzo. La celebración de la modernidad y la entrega simbólica del primer plan Progresar para un estudiante de la Universidad Arturo Jauretche en Florencio Varela, un partido que es al progreso y la modernidad lo mismo que Irán es al matrimonio igualitario.

Podría haber hablado de la revolución ferroviaria que mantiene todo igualito, pero con pantallas leds que anuncian -y mal- la próxima formación sin frenos o, al menos, charlar de la nube pasajera que atravesó Berazategui. Pero Cristina prefirió contar que en los ’70, cuando venía a Buenos Aires, iba por la Calchaquí en auto hasta La Plata para visitar a la mamá. Todo un tema al que nadie le dio bola. Del “exilio interno” del que dijo ser víctima a partir de 1975 por su militancia comprometida, pasamos a esa imagen de poder tomarse un avión a Buenos Aires, pasar por aeroparque y manejar por una de las avenidas más controladas, sin tener mayores problemas.

Cristina, a 250 kilómetros por hora, no tuvo ni intenciones de frenar en la curva y tiró que “ya no tenés que ser rico para tener salud pública de primera”, algo que está muy bueno que salga de la boca de una multimillonaria que pasea su historial clínico entre el hospital Austral, Los Arcos y la Favaloro. Pero la presi es así, por eso puede decir que desde el helicóptero pudo ver lo lindo que está Florencio Varela, a pesar de las 885 villas miserias repartidas entre la ciudad de Buenos Aires y el conurbano que cruzó por el aire de norte a sur.

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La jefa espiritual de los monotributistas dedicó unas palabras a la situación venezolana y pidió que se respete la democracia, porque “respetar la paz sumado al respeto a la democracia es respetar la vida”. Eterno resplandor de una mente sin conceptos, en los que democracia es sinónimo de vida, incluso si la democracia se lleva puestas a 25 mil personas en muertes violentas durante 2013, las cuales se suman a las 120 mil de la década revolucionaria, una cifra superada sólo por Siria, un país en guerra civil.

En Argentina, los muertos en manos de delincuentes son difíciles de dimensionar, sobre todo si tenemos en cuenta que lo que llamamos como “la desidia del Estado” no es otra cosa que otro puñado de delincuentes reventando todo sistema de resortes que protejan la vida, sea en una esquina de la ciudad, en una ruta en la que se chorearon hasta el pavimento, o en un tren en los que se afanaron todo y no dejaron ni guita para frenos.

Los pibes que reclaman en Venezuela tienen entre 18 y 25 años. Tenían entre 3 y 10 años cuando arrancó el chavismo. Delirantes con sueldos pagos por todos nosotros los acusan de ser los golpistas de siempre. Inimputables imputan por la transmisión genética del gen del fascismo a pibes que exigen la libertad de que nadie les diga cómo vivir sus vidas. Es destacable que solo un imbécil puede acusar por transmisión genética, dejando de lado de si tienen razón o no respecto de las cosas que se le imputan a los padres, un argumento que tanto les gusta adjudicar a los militares de la última dictadura argentina.

Idiotas que se la dan de intelectuales y defienden Estados que pretenden controlar todos los aspectos de la vida a lo largo y ancho de sus territorios por medio de sus instituciones corporativas, sociales y educativas, donde todas las fuerzas políticas y económicas circulan dentro del Estado. Palabras más, palabras menos, la definición de fascismo esbozada por Benito Mussolini en La Dottrina del Fascismo de 1932.

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¿Cuántos muertos hacen falta para poder quejarse? ¿Cuántos son los necesarios para poder reclamar? ¿Cuántas personas menos son necesarias para que se deje de pelotudear con la ideología y se hable del ser humano? ¿Cuántos cadáveres calientes se necesitan para pedir silencio a los justificadores de lo injustificable y que escuchen a los que ya no tienen otra cosa que palabras? ¿Cuántos cuerpos tibios hacen falta para pedir que hablen sobre ellos, sobre los que alguna vez fueron personas vivas? ¿Fríos, cuentan?

¿Cuántas familias arruinadas son necesarias para que se deje de culpar a los medios, a los sindicatos, a los estudiantes, a los comerciantes, a la oposición, a la derecha extraterrestre, a los gremlins, al que bajó la palanca, al que no sabía nadar, al que iba a laburar un día de semana, al que pedía que dejen de violar minas en las aulas, al que viajaba en el primer vagón, al que no renunció a los subsidios, al que pagó la leche más cara, al que aumentó la nafta, al que cambió dólares, al que compró un calzón en el exterior, al que prendió el aire acondicionado con 49 de térmica, al que utilizó la cocina para preparar la cena, al que prendió la estufa para calefaccionar la casa en invierno?

La gran tragedia argentina de los últimos 30 años no fue ni el choque de Once, ni el avión de LAPA, ni el atentado a la AMIA, ni la voladura de la embajada de Israel, ni la inundación de La Plata, ni la explosión de la fábrica militar de Río Tercero, ni el incendio de Cromañón. La gran tragedia de Argentina de los últimos 30 años es habernos creído que cualquier cosa es menos importante que respetar la “voluntad popular”, como si la imposición por el número pudiera trastocar la verdad de las cosas, como si 15 millones de personas repitiendo que la tierra es plana lograra que dejara de ser redonda.

Cristina dice que los que pierden una elección no pueden poner en vilo a un país, algo tan válido como la otra cara de la moneda, esa que dice que los que ganaron no pueden hacer lo que se les canta, pasando por arriba de los que perdieron, ninguneándolos y reduciéndolos a la mínima expresión, privándolos hasta del derecho a quejarse hasta nuevo aviso, o hasta que armen un partido y ganen las elecciones.

No es “respetando la democracia” que se logra la paz social, sino respetando la Constitución Nacional, ese texto escrito que es lo más parecido a un contrato social que podamos ver en nuestras vidas, en el cual la democracia sólo es el método para elegir a quienes deberán cumplir con la Constitución, y que el mandato se cumple no solo por el mero paso del tiempo, sino por la satisfacción de las obligaciones que el gobernante electo tiene.

¿Dónde están la vivienda digna, la libre disposición e inviolabilidad de la propiedad privada, la igualdad ante la ley, las cárceles sanas y limpias para seguridad y no para castigo, y el derecho a un medio ambiente sano? ¿Nadie recuerda que la Constitución Nacional también dicen que los delitos dolosos contra el Estado que conlleven enriquecimiento son un atentado a la Constitución equiparado a un gobierno de facto? ¿Y los que reclamamos que dejen de robar somos los golpistas? Si el mandatario no cumple con lo que el pueblo le mandó, no es el pueblo el que se está cagando en la democracia, sino el mandatario.

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Nunca me gustó hablar de “países normales” porque soy de los que se revolearía por la ventana del undécimo piso al tercer día de no escuchar un bocinazo en Zürich. Reconozco que podría pasarme una tarde pisando la senda peatonal sólo para ver como frenan todos los autos en un esquina sin semáforo, pero necesito algo de gente con sangre en las venas. No sé, un tachero que putea al del bondi porque frenó a tres millas marinas del cordón, un albañil que perfuma el barrio con fragancia de asado desde las nueve de la matina, algo.

Tampoco sé bien en qué país me gustaría vivir. Sólo se que no se parece mucho al que me vendieron por Argentina. Algo así como que llegue la caja de una Mac Pro y adentro aparezca una IBM XT 286 -chicos, pueden preguntarle a papá- y el flaco de la entrega me putee por no estar conforme.

Muchos me dicen que es la reina del baile, pero yo le encuentro hasta los bigotes sin depilar. Y todos esos que me gritan por no querer sacarla a bailar, no han puesto ni un mango para pagarle la depilación. Mientras me insultan por no aceptar que ahora esa Argentina es de todos, caigo en la cuenta de que malinterpretaron el “de todos” y se turnan para enfiestarla.

A mi me gustaba más como era en mis sueños, cuando no tenía que planificar una salida familiar como si se tratara de un safari al conurbano septentrional. En mis sueños infantiles mi vieja no ansiaba que se inventara algún dispositivo electrónico para que pudiera comunicarse conmigo por si me pasaba algo. Podía salir a andar en bicicleta y volver a casa con las dos ruedas colocadas. En el país de mis sueños los “chicos de departamento” no éramos introvertidos: no nos quedaba otra que la calle. A mi vieja le salían tres canas nuevas por cada tarde de lluvia conmigo encerrado. La calle era mi mundo y la plaza mi palacio. La única forma de escuchar a nuestras viejas pedirnos que volviéramos a casa era cuando ya había caído la noche. Y sólo si había clases al día siguiente.

La educación escolar que hoy declaran obsoleta me permitía enumerar de memoria los nombres y apellidos de todos y cada uno de los presidentes que tuvimos. Y si hacía un poquito de esfuerzo, hasta la embocaba con los años de mandato. Esa misma educación pedorra fue la que logró que, en la universidad, a lo único que le tuviera miedo fuera a la burocracia administrativa.

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En el país que yo soñaba, me enseñaron que el que tenía trabajo no debía tenerle miedo a nada. En ese país soñado, la casa propia era una realidad a fuerza de voluntad propia y no de la limosna del Estado, algo que ni se mencionaba, se daba por sentado. La aspiración de la clase media en ese país de ensueño era comprar un departamentito en Mar del Plata y ayudar a que los hijos vivan mejor que uno. Debo reconocer que eran sueños bastantes locos, porque en aquel país que yo soñaba, había inmigrantes analfabetos que en un lustro tenían una vivienda y en un par de décadas ya poseían doctorados entre sus vástagos.

Un día me sacaron de la cama de un sopapo en la nuca y me mostraron que ahora sí el país era el de mis sueños. Y resultó ser tan parecido a mis pesadillas que quise volver a dormirme. Un país en el que los ganadores de la década deambulan por las calles mangueando algo para sobrevivir, para luego armar una improvisada choza en una esquina de la secretaría de Comercio que durante años dijo que se podía morfar por seis pesos. Un país en el que te pueden matar delante de tus viejos, tus hijos y tu señora en Nochebuena para robarte el auto. Un país en el que los que se confunden son los trenes y en lugar de llevarte a Once, te dejan en Chacarita.

Un país en el que los servicios públicos sudaneses se deben a que tenemos una calidad de vida escandinava con una economía londinense. Un país en el que el gobierno son los hacedores de todo lo bueno gracias a nuestra guita, y nosotros los culpables de todo lo malo gracias a su inoperancia. Un país en el que los históricos defensores de los derechos humanos se dividen en dos, los que fueron cooptados por el gobierno y los que se quedaron masturbándose con una porno revolucionaria en blanco y negro: ambos son incapaces de reconocer la violación a un derecho humano en un gobierno socialista y/o democrático ni aunque la vean en videos.

Un país en el que once años de modelo no pueden solucionar “la pesada herencia recibida”, ni treinta años de democracia logran superar siete años de dictadura. Un país en el que cualquiera que ose levantar el tono de voz en la cola del banco es tildado de revoltoso. Un país en el que millones de personas en las calles son una oposición minoritaria y un montón de centros de estudiantes en el living de la Rosada son “el pueblo”.

El tema de esta confusión onírica es que ya no sé si quiero volver a dormirme para soñar con aquel país, o despertarme y convertirlo en realidad.

Martes. Un país en el que una mentira vale más que un millón de verdades.


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