domingo, 16 de marzo de 2014

La parábola del payaso / Desmontando a Francisco. Una radiografía del Papa por Juan G. Bedoya

por Juan G. Bedoya

Asombra el entusiasmo en torno a Francisco y cómo se subrayan sus sermones, como si nunca antes se hubieran oído otros parecidos en boca de pontífices igualmente alabados y encumbrados. Francisco reclama de los suyos entusiasmo evangelizador, habla en favor de los pobres, predica solidaridad y misericordia, afea al mundo (en genérico) los muchos desastres que produce el Poder e, incluso, aconseja a su Iglesia humildad y pobreza, dicho todo ello desde lujosos palacios y rodeado de las mismas parafernalias imperiales del pasado.

¿Acaso no dijeron Juan Pablo II y Benedicto XVI lo mismo, con igual boato y generando la misma (supuesta) admiración? Si no fue así, cada palabra de este Papa ha de ser tomada como una severa enmienda a la totalidad de los pontificados anteriores.

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Pero algo pasa con Francisco para que, sin haber ejecutado todavía una sola medida para aliviar el desprestigio y la crisis de su organización, parezca a muchos que ha emprendido una revolución desde arriba y excitado a otros a dar revolcones al sistema católico por abajo. Perdón por el tópico, pero aquí sí que viene al dedo aquello de McLuhan de que el medio es el mensaje. En un año, este Papa se ha metido en el bolsillo, solo con palabras, a gran parte de sus fieles y a muchos otros que nada tienen que ver con el catolicismo.

Pero… En el autodenominado Estado de la Santa Sede no rigen los usos democráticos occidentales, pero imaginemos a Francisco enfrentado a un debate parlamentario sobre el estado de su Iglesia. ¿Qué programa? ¿Qué medidas en este primer año de mandato? ¿Qué compromisos para el próximo ejercicio? De momento, se ha rodeado de comisiones de expertos que le van a decir lo que hay que hacer: una comisión de cardenales para reformar la Curia, otra para poner orden en las cuantiosas cuentas del Vaticano (de una anterior ha formado parte durante años el cardenal Rouco, y nunca se supo), consejos a las iglesias locales que, al menos en España nadie hace caso…

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Se ha dicho hasta la saciedad que uno de los grandes problemas de la Iglesia romana es su incapacidad para comunicarse y conectar con los ciudadanos. Francisco parece haber roto esa barrera. ¿Y ahora, qué? ¿Tendrá algún éxito? ¿Hacia dónde se encamina y con que medios nuevos, ya que los viejos han fracasado? Cada comentócrata vaticanólogo tiene una opinión. Mi preferida se la he leído al filósofo Francesc Torralba, nombrado por Benedicto XVI consultor del Consejo Pontificio de la Cultura de la Santa Sede. La desarrolla en La Iglesia en la encrucijada. De Benedicto XVI al papa Francisco (editorial Destino), después de advertir sobre el riesgo de caer en lo que el gran Sören Kierkegaard relató mediante una parábola, con el título La parábola del payaso’.

Ya la usó en su beneficio Joseph Ratzinger (ahora emérito Benedicto XVI) cuando todavía era un joven y libre teólogo de la Universidad de Tubinga. Ratzinger, en 1968, parecía referirse a Pablo VI, sepultado aquel papa hamletiano por la palabrería que arrumbó las mejores reformas del Concilio Vaticano II. Lo escribió para mortificarlo al comienzo de su libro Introducción al cristianismo, de gran impacto en su momento.

Veamos primero la alegoría de Kierkegaard. Resumo: Sucedió una vez que se declaró un incendio entre bastidores en un circo que actuaba en un poblado. El circo rebosaba de aldeanos. El mejor payaso salió al escenario a informar al público. ¡Fuego! ¡Todos fuera, deprisa, que se hunde todo esto! Creyeron que era un chiste y aplaudieron. Repitió el aviso y aplaudieron. Insistió alarmado, y aplaudieron más fuerte, aún más jubilosos, muertos de risa. El circo se vino abajo. Gran desastre. Sentencia el gran filósofo danés: “El mundo se acabará en medio de los aplausos de todos los graciosos que se creerán que es una broma”.

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Dice Torralba (página 111): “El payaso fracasa estrepitosamente. No logra comunicar su mensaje porque la forma le traiciona. Lo intenta una y otra vez y se entrega con pasión, pero no lo consigue. Si hubiera perdido un poco de tiempo en cambiar de ropa, habría sido más creíble y los aldeanos se habrían dado cuenta de que el mensaje iba en serio. Sin embargo, en boca de un payaso, el mensaje, por muy verdadero que fuera, no tenía credibilidad en sus oídos”. No hace falta decir que la profesión de payaso es tan digna como la del teólogo o electricista, cuando se hace con dignidad.

Los sermones de Francisco suenan distintos a las predicaciones de sus predecesores, pero ¿quién cree ya, de veras, a un Pontífice romano? El catolicismo está en crisis, vive sumido en cismas a derecha y a izquierda, sigue de espaldas a la modernidad y a la ciencia (la religión del No), pierde fieles sin cesar y afronta escándalos morales y financiaros sin cuento. ¿Qué hacer? ¿Cómo convencer a las jerarquías de que el edificio amenaza ruina?

Convencido del desastre, Benedicto XVI inicio su pontificado en 2005 clamando contra la “suciedad” que veía dentro de su Iglesia (textual: “¡Cuánta suciedad entre nosotros!”). Tiró la toalla en febrero del año pasado, desarmado por los obstáculos, abrumado por los escándalos y sometido a chantajes. Su órgano de prensa, L’Osservatore Romano’ había escrito poco antes que el Papa estaba “rodeado de lobos”. “Una viña devastada por jabalíes”, fue la metáfora preferida. Creía ver puercos salvajes a extramuros, cuando realmente pastaban dentro de la fortaleza, regocijados.

Francisco, su sucesor, no ha hecho desde entonces más que discursos hermosos y distintos, sin tomar medidas ni ordenar reformas, como si creyera que la crisis se fuese a remediar con un simple cambio de zapatos.

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Cierto: Todo parece nuevo en Francisco. ¿Lo es? Jesuita, argentino y peronista cuando era joven, habla con los pobres, clama contra el dinero oscuro, execra de la riqueza de sus jerarcas –¡oh, esos cochazos y palacios arzobispales!-, invita a los obispos, tan sombríos, a ser alegres y confiados, pide a la Iglesia que tome la calle, predica la laicidad del Estado (vade retro en España, donde curas y prelados cobran de Hacienda, sin que el católico ponga de su bolsillo ni un euro más que ateos, protestantes o judíos en el IRPF). Incluso pide “lío” y “revolución”. ¿Quién cree?

En España, no se ven cambios. Tampoco se los ha pedido Francisco a los obispos de acá, pese a estar reunido con ellos varias veces en las últimas semanas. Tendría alguna credibilidad lo que predica si empezara por hacer cumplir las leyes del Vaticano (reunidas en un llamado Código de Derecho Canónico), y cumplirlas él mismo, como reclamaba cuando era cardenal arzobispo de Buenos Aires y quiso que Roma le aceptara su retiro nada más cumplir 75 años. Aquí, los arzobispos de Madrid y Barcelona, cardenales Rouco Varela y Martínez Sistach, respectivamente, superan con creces esa edad y siguen en activo. Los papas anteriores solo exigían el límite de edad a los prelados que les eran antipáticos, mientras sus afines prolongaban mandatos varios años. ¿Estamos en lo mismo?


Desmontando a Francisco. Una radiografía del Papa por Juan G. Bedoya

“El Papa Francisco es un peronista con una gran frescura dialéctica”

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Juan G. Bedoya le llama la atención la ola de seguidores que se ha ganado el Papa en la redacción de El País. En el diario más laico que hay España, donde Bedoya lleva la batuta de la información religiosa, Francisco también es tendencia. La labor de este licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad de Navarra, como responsable de religión, le ha convertido en uno de los referentes más solventes de nuestro país en lo que tiene que ver con periodismo religioso, desde el punto de vista puramente informativo y no propagandístico.

Francisco se destaca por una gran frescura dialéctica. Hay un cambio de tono en el papado, una apuesta por la misericordia. Según el periodista, esa espontaneidad rejuvenecedora es el espíritu de la exhortación apostólica Evangelii Gaudium. Para él supone, “la alegría de Francisco frente a la Iglesia del no que se había impuesto hasta ahora. Se ha sustituido el tono cabreado por la alegría”. Así que, una vez que el argentino ha desterrado esa Iglesia de ceño fruncido, se impone la sonrisa de Francisco contagiando a ese, por fin reconocido, pueblo de Dios.

En la psicología espiritual de Francisco hay mucho de ideología, y Bedoya le coloca sin dudarlo en el mejor retrato del peronismo argentino. “Bergoglio es un peronista”, subraya, y no es el único que hace este análisis. Buceando en las proclamas del primer peronismo, nos encontramos con algunas de las máximas que bien podrían haber inspirado a este Papa: “Hasta ahora frente a nosotros se levantaba el individualismo capitalista y el colectivismo comunista. El justicialismo es una tercera vía ideológica tendente a liberarnos del capitalismo sin caer en las garras opresoras del colectivismo”, proclamaba Juan Domingo Perón en 1952, fundador de ese movimiento populista, que, como Francisco, no es de izquierda ni de derechas. Se trata del justicialismo en estado puro, donde, al menos sobre el papel, las conquistas sociales eran la prioridad.

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Así que, como proclamó el propio pontífice al jesuita Spadaro: “nunca he sido de derechas”Una afirmación demoledora para una parte del entramado del poder católico que ha enarbolado durante siglos un absoluto monopolio de la fe. En palabras de Juan G. Bedoya: “hasta ahora la derecha católica había controlado el papado”.

A propósito de esta afirmación, el periodista relata: “Es tan profundo su cambio de tono que, para la derecha, es revolucionario”, en el peor sentido de la palabra. Una paradoja, si se analiza el hecho irrefutable de que en cuestiones de doctrina, aclara Bedoya, el Papa Francisco no se sale de la norma vigente. Y aún así es una realidad que, pese a la evidencia aplastante de las denuncias de Francisco, cada vez sufre más ataques y le crecen los enemigos. “Como planteaba Dostoyevski en Los hermanos Karamazov, si Jesucristo regresase hoy a la tierra, volvería a ser crucificado”, explica el periodista cántabro, buscando el paralelismo con la procesión de críticos con el Papa que, de algún modo, amenazan con crucificarle desde dentro y fuera de la Iglesia.

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La última afrenta a las palabras del Pontífice ha venido  de una parte de la derecha más recalcitrante de Estados Unidos. Rush Limbaugh, la estrella mediática de la tendencia más ultra del partido republicano, el Tea Party, aprovechó su programa de radio, con más de quince millones de oyentes, para vituperar los planteamientos del Papa en la Evangelii Gaudium. Le tachó de marxista, acusándole de hacer una crítica errónea y vergonzosa del capitalismo, según Limbaugh todo lo que salió de la boca del Papa era ‘puro marxismo‘.

Juan G. Bedoya nos cuenta que hace años que Jorge Mario Bergoglio escribió en contra de las trampas del marxismo, no es sospechoso, por tanto, de ser afín a ningún tipo de comunismo. Además, según él, se trata de una “crítica facilona”. Afirma, además, que cada dardo contra su persona, “cada ataque le hace más grande”.

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Bedoya, ganador del Premio Europeo de Periodismo 2009, en la categoría de pobreza y exclusión social, ilustra la inconsistencia de la crítica, aludiendo a las palabras del obispo brasileño y candidato a premio Nóbel de la Paz, Helder Cámara: ‘Si doy limosna a un pobre me llaman santo, si le pregunto el porqué de su pobreza me llaman comunista esto es lo que le ha pasado a Francisco.

El Papa, concluye Bedoya, “dice verdades evidentes” sin tocar una coma de la doctrina. Pero es innegable que, cada palabra, cada documento, cada mirada de Francisco es “una enmienda a la totalidad a papados anteriores”.

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